Editorial | Aquí Andamos
Por Omar Martínez
Hablar del agua en San Fernando no es un tema ambiental.
Es un tema de vida, de política… y de responsabilidad.
El agua no tiene sustituto.
No hay desarrollo, no hay economía, no hay futuro sin ella.
Y sin embargo, hoy está siendo tratada como si fuera desechable.
La contaminación hídrica no es un fenómeno lejano. Es una realidad que ya está instalada. Más del 80% de las aguas residuales en el mundo llegan sin tratamiento a ríos y lagunas, y San Fernando no es la excepción. Aquí, el problema tiene nombre y tiene origen: descargas de aguas negras, escurrimientos agrícolas cargados de químicos y actividad industrial que no siempre se regula como debería.
Y el impacto ya se está viendo.
San Fernando alberga un ecosistema único: la Laguna Madre, uno de los sistemas lagunares más importantes del país. Pero el río que la alimenta —el Río San Fernando— llega cada vez más cargado de contaminación.
No es percepción.
Es evidencia en el territorio.
En zonas como La Ribereña, La Ladrillera y puntos críticos como “La Peña Amarilla”, el agua presenta coloraciones anormales, turbiedad y olores fétidos. Señales claras de materia orgánica en descomposición, de eutrofización, de un sistema que está perdiendo oxígeno… y vida.
A esto se suma algo aún más delicado: la presencia de hidrocarburos en el agua.
Filtraciones asociadas a la actividad energética en la región han dejado huella. Y aunque no siempre se reconoce abiertamente, el impacto ambiental es real.
También se han detectado metales pesados como zinc, cobre y plomo, además de residuos de pesticidas altamente tóxicos. Sustancias que no desaparecen… se acumulan.
Y eventualmente, llegan a la mesa.
Aquí es donde el problema deja de ser ambiental… y se vuelve humano.
La población lo percibe: enfermedades y preocupación constante por lo que se consume. Aunque no existan estudios concluyentes que vinculen directamente cada caso, el riesgo está ahí. Y lo más grave no es la duda… es la falta de certeza.
Porque cuando no hay información clara, lo que crece es la desconfianza.
Y aquí es donde entra la política.
A nivel municipal, el problema es evidente:
no hay un sistema sólido de tratamiento de aguas residuales,
no hay control efectivo de descargas,
no hay mantenimiento suficiente en la infraestructura.
A nivel estatal, la supervisión es insuficiente frente a una problemática que ya es estructural.
Y a nivel federal, la regulación existe… pero su aplicación es irregular.
Se legisla, pero no se ejecuta.
Se habla, pero no se actúa.
Mientras tanto, la realidad sigue su curso.
El modelo es claro: se permite la actividad económica, se toleran omisiones, y el costo lo absorbe el territorio.
Y el territorio no responde con discursos.
Responde con deterioro.
San Fernando no solo está perdiendo calidad de agua.
Está comprometiendo su seguridad hídrica.
Cuando los mantos acuíferos se agoten —y ese momento llegará—, la dependencia de fuentes superficiales será total. Y si esas fuentes están contaminadas, el problema dejará de ser ambiental… será una crisis.
Una crisis que no se resolverá con programas, ni con apoyos, ni con discursos.
Se resolverá —o no— con decisiones.
Decisiones como:
aplicar la ley sin excepciones
exigir responsabilidad ambiental a empresas
invertir en plantas de tratamiento reales, no simuladas
involucrar a la ciudadanía en vigilancia y cuidado del agua
Porque esto ya no es una advertencia.
Es una realidad en proceso.
San Fernando tiene una riqueza natural que pocos municipios tienen.
Pero también tiene una responsabilidad que no está cumpliendo.
Y mientras el agua se contamina,
el silencio institucional pesa más que cualquier derrame.
Aquí Andamos.
Observando.
Y señalando lo que no se quiere decir.