Ciudad de México, 15 de abril de 2016. Juan Antonio García
La presencia en México de la reaccionaria dirigente española del Partido Popular Isabel Díaz Ayuso, volvió a poner de moda el viejo debate –reflejo del choque entre concepciones colonialistas y mexicanistas– acerca del papel que jugaron los castellanos durante el proceso de invasión y colonización del fascinante y desconocido continente del que obtuvieron riquezas inmensas y convirtieron a la naciente España en la primera potencia verdaderamente mundial al abarcar más que dos continentes, si consideramos las Filipinas y las islas del Caribe. Un reino en el que nunca se ponía el Sol, como decía el emperador Carlos I, pero tras el cual había una historia de sangre y saqueo.
En valentonada por el clima de “insurreccional” que pretendieron crear el escritor Juan Manuel Zunzunegui y el empresario Ricardo salinas Pliego con su “revolución de la libertad” que buscaba posicionar a este último como candidato al a presidencia de la república, con miras a desplazar a los “zurdos de mierd…”, revirtiendo las políticas sociales y otras reformas que se han realizado en los gobiernos de López Obrador y Claudia Sheinbaum que, entre otras cosas afectaron los bolsillo de dueño de Tv Azteca . Desde luego, otro de los objetivos de este extremismo franquista es imponer la versión histórica hispanista que arremete contra el pueblo mexicano reivindicando al papel libertario de Hernán Cortés, Agustín de Iturbide, Maximiliano y Porfirio Díaz, sus héroes por excelencia.
En este punto nos vamos a centrar.
El odio de los españoles contra los americanos, contra su historia precolonial y contra sus héroes, no tiene más sustento que la nostalgia de haber perdido un imperio del que podían obtener oro, materias primas y trabajo servil y esclavo. En 2017 el entonces presidente la Radio y la Televisión Española, José Antonio Sánchez, declaró que “el descubrimiento de América fue el suceso más importante después del nacimiento de Cristo”. Se le olvidó que en el continente ya había seres humanos y que ellos fueron quienes lo descubrieron 30 mil años atrás. Destacó que la conquista española llegó para salvar a los pueblos del imperio sanguinario y cruel de los aztecas y que el papel de España fue el de “civilizar y evangelizar”.
La extraordinaria confusión creada por los propios gobiernos de México al retomar acríticamente los textos de Hernán Cortés (Cartas de relación), del soldado Bernal Díaz del Castillo y de curas como Bernardino de Sahagún y Servando Teresa de Mier como base para la enseñanza de la historia sin considerar sus intereses de clase. Aunque cultos, estos protagonistas y autores, tergiversaron los hechos a favor de la visión colonizadora y de sometimiento, por lo que es necesario comenzar por el principio.
En sentido riguroso no hubo conquista. Cuando los españoles hablan de la ocupación de las tropas de Napoleón en la Península ibérica en 1980 la refieren como invasión no como conquista. En cambio, son ellos quienes han magnificado la leyenda de la “conquista de América” y han construido monumentos al “gran conquistador” Hernán Cortés. La connotación de conquista es convencer, enamorar, encantar. La de invadir es destruir para saquear, para apoderarse de los recursos ajenos. Tampoco hubo una monarquía, ni existió un “sanguinario imperio azteca”, como afirman National Geographic e History Channel incluso la manipuladora revista Antropología Mexicana. No había emperadores, ni reyes ni monarcas, como de manera perversa, y por ignorancia, nos han ensañado en las escuelas de educación básica por siglos. El acto de trasladar mecánicamente lo que ocurría en Europa a las relaciones sociales existentes en américa es una barbaridad bien definida como eurocentrismo: Europa como el centro de la Tierra.
Las importantes aportaciones del antropólogo Lewis H. Morgan, quien vivió entre las tribus iroquesas en el siglo XIX, llevaron a la conclusión de que los pueblos de América vivían es una especie de sociedad comunista primitiva. De la misma manera definió el caso de Mesoamérica en su México Antiguo. Los jefes tribales o tlatoanis (que significa el que habla, el que tiene la palabra), que tenía un objetivo perverso: Al hablar de “el imperio azteca, los colonialistas tenía un objetivo perverso: ocultar el genocidio que ellos cometieron y que el verdadero imperio estaba en Europa, en donde sí había reyes y monarcas absolutistas que invadían otros continentes, y no entre nuestros semidesnudos tlatoanis.
En 1577 el rey Felipe II envió una cédula real prohibiendo la circulación de libros que hablaran sobre la historia, costumbres y religión de los americanos. Tiempo después 1769, el virrey Enríquez de Almanza emitió un bando advirtiendo que no se permitiría a los nativos escribir su propia historia “porque así conviene a su majestad el rey y a dios nuestro señor”.
Hay que destacar que todos los códices que muestran sacrificados y pirámides ensangrentadas, así como mexicas comiendo piernas y cabezas humanas en una especie de pozole, fueron pintados por tlacuilos nativos, pero después de la ocupación de la gran Tenochtitlan, por órdenes de la monarquía española y bajo severa vigilancia de la iglesia. El códice Florentino fue dirigido y manipulado por Sahagún y se pintó entre 1540 y 1585, el Mendocino en 1540, por órdenes de virrey Antonio de Mendoza. El códice Magliabechiano entre 1550 y 1600, mientras que el Tudela entre 1504 y 1554. El 95 por ciento de los códices originales que relataban la cosmovisión mexica, sus conocimientos de medicina, astronomía, historia, etc. fueron quemados. El primer Obispo de la Nueva España, Fray Juan de Zumárraga, reportó a la metrópoli que en su primer año de trabajo quemó o destruyó más de 20 mil códices, templos y objetos de “idolatría de los indios”. Códices y obras de arte de un invaluable valores histórico y científico desaparecieron para siempre, y a eso le llamaron “civilizar”. Ellos mismo relatan como fundieron todas las magníficas artesanías de oro para fundirlas y hacer lingotes.
La antropóloga Eulalia Guzmán afirma que nunca hubo esclavitud antes de la llegada de los europeos y que la antropofagia fue una de las mentiras ruines para justificar el genocidio. Comenta que los ceremoniales fueron muy limitados, pero nunca en las cantidades exageradas que mencionan los escritores españoles y que en muchos casos se refieren al sacrificio de animales como codornices. Los hispanistas resentidos afirman que Hernán Cortés y sus hordas llegaron a salvar a los pueblos de la idolatría y de la muerte a que estaban sometidos por los aztecas, así como del pago de tributos por lo cual los pueblos nativos se les unieron alegremente para librase del sometimiento mexica.
La investigadora contrastó minuciosamente todos los textos escritos por los soldados, clérigos y nativos hispanizados, y no encontró ninguna alianza voluntaria. Destaca que los zempoaltecas, que fueron los primeros aliados, fueron sometidos cuando los castellanos aprovecharon su hospitalidad para secuestrar a la élite gobernante, a algunos les cortaron las manos, otros fueron asesinados. Coincidiendo con Morgan, agrega que esa fue la misma táctica que siguieron aplicando en todos los pueblos y más adelante en Tenochtitlan. Subraya que nunca hubo un imperio azteca, lo que existía era una confederación o alianza de tribus en la todos se beneficiaban del trueque comercial de los productos más lejanos. Aunque no faltaban conflictos ocasionales con las tribus fronterizas, cuando los españoles llegaron había una situación pacífica.
El hecho es que los únicos que estaban confrontados con los mexicas eran los Tlaxcaltecas y aun ellos hicieron una fuerte resistencia militar a los invasores encabezados por el joven Axayácatl. Todos los historiadores coinciden en lo que ocurrió después: los europeos aterrorizaron a los tlaxcaltecas cortando las manos a 50 de ellos, intimidaron al viejo Axayácatl, padre de quien los enfrentó en batalla. Luego, lo “convencieron ” para unirse a ellos. El joven Axayácatl terminaría colgado de un árbol por los españoles en Texcoco tras utilizarlo en la batalla de Tenochtitlan.
A más de 500 años de estos sucesos, se hace necesario recapitular historia desde la perspectiva de los mexicanos, de los intereses nacionales, pues abundan los nuevos escritores que se unen alegremente a los “libertarios” pagados o al servicio de los procolonialistas o proimperialistas actuales.