EN PARTIDA DOBLE
Alejandro Mares Berrones
La historia política de México acaba de perder a uno de sus protagonistas fundamentales. Cuauhtémoc Cárdenas Solórzano, el ingeniero que desafió al poderoso aparato del Partido Revolucionario Institucional (PRI) y abrió una grieta en el sistema político que durante décadas parecía invencible, murió a los 92 años. Su partida no solamente cierra un capítulo de la izquierda mexicana; obliga a revisar una pregunta que permanece vigente: ¿qué país tendríamos hoy si Cárdenas hubiera ganado la Presidencia de la República en 1988?.
Hoy 29 de octubre, escuche el programa de Azucena Uresti, ella entrevistó al ex presidente Vicente Fox Quezada, quien se expresó del Ingeniero Cárdenas como un adversario político al que le tuvo mucho respeto, al grado que llegaron a ser amigos, pese a las diferencias ideológicas. Fox enalteció a manera de homenaje póstumo a Cuauhtémoc, como un líder de centro izquierda que nunca se cargó hacia el populismo; sin duda Fox tiene toda la razón.
En una ocasión (2013), por cuestiones de mi actividad como periodista y porque tenemos un amigo en común, visité en la Ciudad de México a Mario Ruíz Pachuca y a dos o tres cuadras de donde Mario vive, nos fuimos a tomar un café y allí en ese lugar, nos encontramos a don Cuauhtémoc Cárdenas.
Mario lo saludó y me lo presentó: “es un periodista de Tamaulipas”; la leyenda de la izquierda mexicana remiró y dijo: “mucho gusto, me dice si Mario no lo trata bien”, soltaron la carcajada ambos.
Mario me comentó que él casi a diario lo saludaba en ese lugar, luego me dijo: “mira aquí enfrente está el departamento de Elba Esther Gordillo”, la plática se prolongó por al menos una hora, allí estaba don Cuauhtémoc, hablando de política. Hombres como él nunca mueren.
Cuauhtémoc Cárdenas surgió de las entrañas del propio priismo, rompió con el partido gobernante y encabezó una rebelión política que reunió a sectores de izquierda, disidentes del régimen y ciudadanos cansados de un sistema que confundía el poder público con el patrimonio de una organización política; su más leal fue don Porfirio Muñoz Ledo, otro grande de la política mexicana.
La elección presidencial de 1988 quedó marcada por la controvertida caída del sistema de cómputo electoral y la posterior declaración de Carlos Salinas de Gortari como ganador. Para amplios sectores de la sociedad, aquello representó un fraude; la magnitud de las irregularidades denunciadas convirtió aquella jornada en una herida abierta de la democracia mexicana.
Dato curioso, el artífice del fraude, al que todo mundo señaló con el dedo índice fue Manuel Bartlett Díaz, a quien Andrés Manuel López Obrador, premió con la dirección general de la Comisión Federal de Electricidad.
Cárdenas no llegó a la presidencia, pero contribuyó a cambiar las condiciones de la competencia política. En 1989 participó en la fundación del Partido de la Revolución Democrática (PRD), una organización que durante décadas articuló buena parte de la oposición de izquierda; y que AMLO terminó por desaparecer.
Su triunfo en la elección de jefe de Gobierno del entonces Distrito Federal, en 1997, constituyó otro momento decisivo: por primera vez, los habitantes de la capital eligieron directamente a quien encabezaría su gobierno.
Cárdenas demostró que el poder priista podía ser desafiado en las urnas y que la alternancia no tenía por qué desembocar en una ruptura violenta; nunca, como lo dijo Fox, se inclinó por el populismo; por eso nos surge la siguiente hipótesis: ¿Cómo habría sido México con Cárdenas en Los Pinos?.

EN CONTRAPARTIDA, nadie puede asegurar que una presidencia de Cárdenas hubiera resuelto los problemas estructurales del país. Gobernar es mucho más complejo que encabezar una movilización opositora. Sin embargo, sus antecedentes, sus posiciones públicas y el contexto de aquella época permiten imaginar algunos cambios posibles; además él ya había vivido en ese lugar con su padre.
En lo económico, probablemente habría buscado un papel más activo del Estado, una defensa más firme de los sectores estratégicos y una política social vinculada con la tradición nacionalista de su padre, el general Lázaro Cárdenas. La apertura comercial y las reformas económicas de los años noventa pudieron haber seguido otro ritmo o adquirido características distintas.
El Tratado de Libre Comercio de América del Norte, que entró en vigor en 1994, quizá habría enfrentado una negociación diferente. Pero no es posible afirmar que Cárdenas habría impedido su aprobación: las presiones económicas internacionales, las necesidades financieras y la relación con Estados Unidos habrían condicionado cualquier gobierno.
En materia democrática, su llegada a la presidencia habría significado una ruptura simbólica con el monopolio político del PRI. También habría puesto a prueba la capacidad de una administración opositora para reformar las instituciones electorales, distribuir el poder y garantizar que la alternancia no se convirtiera simplemente en un relevo de élites.
¿Habría combatido la corrupción con mayor eficacia?, ¿habría reducido la desigualdad?, ¿habría evitado la violencia que posteriormente golpeó al país?. No existen elementos para dar por hecho ninguno de esos resultados. Un presidente, por más legitimidad que posea, no puede transformar por sí solo las estructuras económicas, judiciales y criminales de una nación. Requiere a los otros poderes y la participación de la sociedad civil.
La paradoja es que buena parte de las fuerzas políticas que hoy reclaman para sí la herencia de la izquierda mexicana crecieron en el terreno que Cárdenas ayudó a abrir. Sin aquella ruptura de 1987-1988 y sin la construcción posterior del PRD, la historia de la oposición y de la llegada de la izquierda al poder habría sido distinta. Si alguien apoyó a AMLO en sus inicios fue Cárdenas.
Pero el legado de Cárdenas no debe convertirse en una propiedad exclusiva de ningún partido. Su mayor contribución pertenece a la vida pública nacional: ampliar las posibilidades de competencia, fortalecer la cultura de la participación electoral y mantener viva la exigencia de que el voto ciudadano sea respetado.
Que ese día de la elección, no se convierta en el único día en que los mexicanos se sienten libres; porque después de electos nuestros gobernantes se transforman en verdaderos pedantes y se corrompen al llegar al poder, se debe romper con esa maldición.
La democracia no consiste únicamente en ganar elecciones. También exige instituciones confiables, contrapesos efectivos, transparencia y respeto a quienes piensan diferente. Actualmente los mexicanos estamos observando, como el INE y otros organismos electorales estatales (Oples), han sido corrompidos por el poder corruptor de los contratos de asignación directa a proveedores consentidos.
Cuauhtémoc Cárdenas perdió tres contiendas presidenciales, pero su trayectoria no puede medirse solamente por las veces que no llegó a Los Pinos. Su influencia se encuentra también en las transformaciones que ayudó a desencadenar y en las generaciones de mexicanos que encontraron en su movimiento una alternativa al partido dominante.
Si Cárdenas hubiera sido presidente en 1988, México habría tomado un camino diferente. Que ese camino hubiera sido mejor o peor es algo que la historia nunca podrá comprobar.
Lo que sí puede afirmarse es que su desafío al sistema contribuyó a modificar las reglas del juego político. Su muerte deja una pregunta incómoda para los gobernantes de hoy: ¿de qué sirve conquistar el poder si se pierde de vista la obligación de democratizarlo, de echar a perder instituciones como el INE?.
P. D. En política, hay hombres que alcanzan la presidencia y otros que, sin conseguirla, terminan influyendo en la historia del país. Cuauhtémoc Cárdenas pertenece a esta segunda categoría, fue el presidente que México no tuvo; pero fue uno de los hombres que más contribuyeron a cambiar la manera en que nuestro país elige a sus presidentes. QEPD.